Lo peor no fue perder tus besos. Fue perder nuestras pequeñas costumbres. El mensaje de buenos días, la llamada mientras volvía a casa, la discusión sobre qué cenar, tu forma de decir mi nombre cuando estabas enfadada. Eran cosas tan pequeñas que nunca pensé que pudieran doler tanto. Después de ti entendí que una relación no desaparece de una vez. Desaparece en cientos de pequeños detalles.